Los dos cómplices

Carlos Loret de Mola
Con cuatro mil personas adentro, la plaza de toros de Juriquilla se quedó a oscuras. Fue un instante en que se sometió a la ceguera de la noche hasta que los fuegos artificiales estallaron pólvora y colores.
En el ruedo, dos hermanos de vida, vestidos de luces, montados en los hombros de un par de aficionados en éxtasis, se dieron un abrazo con esa sonrisa que sólo se ve cuando acompaña a la emoción de las lágrimas.
Lo lógico sería que se cayeran mal. Fernando es alegre, fiestero, divertido, sociable, chistoso, de trato fácil. José es serio, adusto, retraído, callado, casi místico.
O por lo menos no tendrían que haberse encontrado. Y menos en Aguascalientes, donde empezaron juntos de novilleros. Porque Fernando nació en Michoacán y José en Galapagar, España.
Es más: deberían odiarse porque se dedican a lo mismo, son rivales.
Pero José Tomás y Fernando Ochoa son mejores amigos, compadres, hermanos de vida.
El sábado, José brindó a Fernando el quinto de la tarde, “Rey de Sueños”, el toro con el que trazó una faena de mano izquierda que desordenó los conceptos de tiempo y espacio. Fernando le gritó “olés” desde el burladero de matadores.
Fernando le regresó el gesto del brindis en el que estaba destinado a ser el último astado de su carrera. Pero salió malo el burel y regaló un séptimo. “¡Venga!”, le gritó José desde el callejón, animando a su hermano en su última tarde.
Fernando, faena derechista, terminó cortándole las dos orejas y juntos, con el empresario organizador del mano a mano, salieron en hombros de Juriquilla.
Cuatro años antes, en Aguascalientes, el toro “Navegante” casi mata de una cornada a Tomás. Ochoa estaba en el tendido. Corrió a la enfermería y el doctor le pidió que sujetara una bolsa de suero y la apretara para contrarrestar la fuga de sangre. José le tomó la mano. No se dijeron una palabra. No hacía falta. Todo lo decía una mano que apretaba y otra que resistía con fuerza.
Eso fue lo que se dijeron Fernando y José en los brindis: que han estado, mano a mano, en los momentos más importantes de sus vidas. Y como son tan distintos, como deberían odiarse, que sean amigos entrañables y que uno haya elegido al otro para cortarle la coleta, habla de Verdad… como el toreo mismo, ese contrato que pone a la vida como cláusula primera y en el que firman sin testigos animal y hombre cuando uno sale de la puerta de toriles y el otro extiende el capote acariciando los granos del redondel.
SACIAMORBOS
Se divulgó que Tomás pidió que nadie fuera vestido de amarillo, color de mala suerte para los toreros.
Pero cuando comenzó a llover, se repartieron impermeables amarillos en un sector del tendido, donde estaban sentados, felices con la coincidencia, Jesús Zambrano y Silvano Aureoles.
Cerquita, el gobernador anfitrión, el priista José Calzada, bromeaba con su paisano panista Diego Fernández de Cevallos: “No te pongas el (impermeable) azul, ya quedó muy chiquito”. Reían César Camacho y su número dos, Ivonne Ortega.
Ardió el mercado; otra vez la reacción

Jorge O. Navarro
El domingo por la noche (04 de mayo) se quemó el Mercado Corona. Lo primero que se hizo fue atender la urgencia. El Gobierno del municipio dedicó sus esfuerzos a sofocar y acabar el incendio; evitó que hubiera perecidos; a tropezones, empezó a reunir información para responder la incertidumbre, a las preguntas, sobre todo de los más de 500 locatarios que repentinamente se quedaron sin trabajo y sin fuente de ingreso. Aunque no precisaron cómo llegan a esta cifra, los comerciantes del mercado calculan que más de tres mil familias dependen directa o indirectamente de la actividad comercial en el Corona.
A pocas horas del siniestro el dictamen es definitivo: demolición total. Aunque está pendiente una investigación completa, se da por hecho que el origen del fuego es un cortocircuito.
Entre las muchas cuestiones urgentes, la de los comerciantes es la prioritaria: ¿Dónde se instalarán para continuar con su chamba?
Después vienen asuntos como conseguir recursos económicos para atender los daños; la elección de un nuevo proyecto de construcción y un largo etcétera que se medirá por años. Polémica y controversia están sembrados en un terreno muy fértil.
Y en medio de la sorpresa, de entre todas las voces destaca la del alcalde Ramiro Hernández García, al admitir de manera indirecta que es la negligencia de las autoridades una de las causas del incendio y la caída del mercado. La responsabilidad jurídica, si se determina, toca a esta gestión municipal, pero la responsabilidad moral alcanza a numerosas administraciones atrás, que han dejado, por desidia, que los mercados de Guadalajara —todos, no sólo el Corona— estén en pésimas condiciones, tanto en su estructura como en su administración.
Las posturas más extremas quieren ver en el siniestro del Mercado Corona un malévolo plan que se operó con alevosía y ventaja. Es concederle mucho mérito a “los malos”, si es que los hubiera.
Conviene el equilibrio en la búsqueda de las causas, al fin que razones como la indolencia, la falta de aplicación de la norma y la corrupción crónica, son tan dañinas como el más malvado de los proyectos.
Al Mercado Corona, por cierto, no le son extraños los incendios. Desde que se construyó por primera vez en 1891, en 1910 fue consumido por el fuego; lo mismo ocurrió en 1919 y de nuevo en 1929. Todavía en el no muy lejano 1985, un incendio menor dañó algunos locales.
Lo singular del caso es que siendo tan regulares los siniestros en este lugar, otra vez haya ocurrido uno por falta de mantenimiento y por ignorancia permanente de las medidas mínimas de seguridad.
Al margen de las urgencias, una visión diferente la aporta la historiadora Laura Rueda Ruvalcaba, de la Universidad de Guadalajara, autora de un estudio detallado sobre la importancia de este centro de comercio en la vida de la ciudad. En un comunicado que emitió la institución educativa, la especialista califica como “terrible” el incendio del Corona y lamenta que se viva un paréntesis en el que casi desaparece “un lugar histórico y emblemático de Guadalajara”, en el que se vincularon el campo y la urbe por una decisión colectiva, desde el siglo XVIII. Para ella, la ciudad vive una crisis en sus monumentos arquitectónicos y urbanos, sobre todo en sus mercados.
Naturalmente, pedirle al Gobierno municipal que considere tales argumentos es demasiado en un momento en el que imperan las demandas de las personas.
Ésta y muchas administraciones anteriores se han dedicado sólo a reaccionar.
Pero en la nueva caída del Corona se puede leer otro síntoma de una decadencia anticipada de la ciudad
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